He olvidado dar las gracias
en el torrente de los días
que pasan sin mi permiso,
cuando una voz responde
a mis preguntas hechas de jirones de rutina:
¿dónde está esta calle?, ¿conoce a esta persona?,
¿podría darme un jugo?
¿qué hora es?, ¿me da un lado?
He olvidado dar las gracias
cuando de mi boca salían todas ellas,
bellas, tersas, hermanas amantes
de sí mismas, pudorosas
y ardientes en su entrega
expectante de vidas y donación voluptuosas,
de amor, de sonrisas,
de intensos placeres de otros,
entonces,
cuando el tiempo y las lecciones
dictadas día a día, año a año,
generación tras generación,
no habían embotado la miel
que escurrían mis labios
al primer requerimiento:
una mano, unos ojos, un dolor
alojado en el centro de una vida
ajena a la mía.
He olvidado dar las gracias
en la solitaria tarea de cuidar
este faro en vigilia
de las señales que nadie ve,
que todos ignoran, que urden
la trama elemental del universo
diario, insignificante
de tantas gracias
que se pierden
en la niebla de la vida.
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Lo bueno de levantarse temprano es que se trata de algo que él jamás podría hacer, por más que se esforzara. Y lo ha intentado. Miles de veces, a lo largo de toda su vida desde que la memoria ha puesto a su alcance su propia historia. Un esfuerzo tan inútil como tratar de llegar a tiempo, cumplir con los horarios o con el trabajo.
Si alguna vez sucedió algo así, no pasó de ser sólo eso: un suceso. Algo que le ocurre a uno a pesar de uno mismo, acorralado por las circunstancias. Sería falto de toda honestidad decir que “lo hizo”, porque le faltaría esa parte de voluntad que convierte a todo hacer, a todo acto, en un hacer verdadero, realizado en su totalidad. Como la diferencia que marca el actuar de una simple actuación: el primero requiere una voluntad de realización, la segunda una de imitación, de remedo, una seudovoluntad, válida solamente en la transparencia del engaño que, entonces, en su pura transparencia y aceptación de mutuo propio, se convierte en juego y diversión, haciéndose sentir, sólo así, como verdadera voluntad de imitar.
En cambio él, si logró levantarse temprano alguna vez y llenar las exigencias sociales, fue porque le faltó voluntad, precisamente, para negarse a ello. Ni siquiera la imitación, que exige un querer firme de representar un papel o figura, podría definir esa forma coercitiva de actuación seudovoluntaria que lo hizo, en algunos momentos, cumplir con los tiempos y el trabajo.
Tampoco se esforzó demasiado, en realidad. Se trató siempre más bien de un seudoesfuerzo, una mala imitación, una representación de esfuerzo impuesta por la norma, que lo empujaba a creer en la realidad del esfuerzo mismo, de la voluntad puesta a prueba para superar los obstáculos de la dejación. Pero su realidad siempre fue la dejación. Su voluntad siempre fue, si pudiera decirse, una completa falta de ella, un dejar de esforzarse y ganarle a las ganas de cumplir.
Lo bueno de levantarse temprano, en su caso, lo da precisamente la imposibilidad de su cumplimiento y ser “como un dios que alargara la siesta”, como dice la canción. Esa falta de capacidad permanente, sólo cuarteada por unas pocas excepciones en el fluir de los compromisos cotidianos, donde la mentira de la seudovoluntad se cuela, es lo que mantiene a salvo su realidad radical, que siempre triunfa y ante la que claudica finalmente a pesar de todo: nunca levantarse temprano, jamás llegar a la hora, cumplir siempre a medias o no cumplir.
Sin saberlo, reivindicándose a cada instante de la mentira del seudodesdoblamiento en su apuro y el ultraje social al que lo expone su constante irresponsabilidad, camina por la calle mirando el reloj, acelerando el paso, pensando en lo que no ha hecho, lo que le queda por hacer, lo que ya no terminó, y apenas percibe pasar a esos otros que, como él, van tarde a algún lugar, dejando para mañana algo más, enteros en su decisión de no derrumbarse ante la tiranía del tiempo y los plazos.
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En la hora más oscura vuelvo la mirada
hacia los que me precedieron
y grito en la caverna de la vida:
“¿Dónde están compañeros?”
Nadie responde en este negro recodo
del camino en que me estremezco.
Había algo de luz entonces, aún lo recuerdo,
más atrás, cuando emprendía el ascenso.
Ahora sólo la oscuridad se abanica
sobre el abismo que me circunda
en este tiempo devastado por la desidia.
“¿Dónde están compañeros?”
Silencio. Es todo lo que tengo.
Silencio y ciertas verdades, ciertos jirones
que no se parecen ya a los jirones de mi cuerpo.
Vendí mi voluntad a los cuatro vientos,
corrí desbocado en busca de una luz
que no era, de un espejismo torcido
del que esperó ser amado.
¿Amado? ¿Para qué? ¿Con qué licencia?
Olvidé las lecciones más imperiosas
del amor que se desgarra a cada paso.
“No busques las rosas del amor, amigo,
busca las espinas y llévalas en tu mano.”
Aún oigo sus voces ululando en ecos
moribundos, lejanos, en algún lugar
de esta honda oscuridad en la que ando.
“¿Dónde están compañeros?”
¿Podré volver algún día al punto
donde dejé a los que me precedieron?
¿Podré beber de la justicia sangrante
que cada espina dejaba en su mano?
No. La vida aulla, se precipita.
Debo continuar, sin temor abrir mi canto.
Y seguir la senda oscura hasta las voces
que me buscan en lo humano.
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¿Les hablé de los inviernos de Vallenar? Son fríos y de una sequedad que atraviesa la piel, y a veces también un poco el alma. Pero llega la camanchaca entumeciendo la vista por las mañanas o las noches y el mundo se transforma en una vaporosa humedad, transgresora de todas las reglas geográficas. Sigilosa, se arrastra como un dragón blanco por la grieta del valle, desde la costa hasta el interior. Mírenla. Tan blanca como esta página.
En esas noches dostoievskianas miro por la ventana las luces de las calles hacia abajo: esponjosos globos amarillos amenazados por la extinción definitiva de su luz. Y siento. Una deliciosa nostalgia que huele a agua y tierra mojada, a infancia y canales, a ríos y puentes. A eucaliptos y álamos alargándose hacia el cielo, a pimientos y sauces inclinados sobre la corriente luminosa de una tarde. Y pienso en lo que nunca ha sido justo allí, en el último minuto antes del resto de la vida que habrá de llegar. Sin preguntas. Sin respuestas.
He olvidado cómo cuestionar a la vida. La vida. Ese ridículo abstracto construido para salvaguardar la propia de la desidia y el error. Lo único que queda entonces es ocuparse de la rutina nocturna y luego arroparse lo mejor posible, intentando un sueño tranquilo y sin interrupciones, para salir por la mañana y adentrarse en el mismo manto blanco insistente e inamovible, como condensado por la vigilia de toda una noche. Igual que el frío.
Nada disminuye esa incisiva sensación térmica que atraviesa la ropa y llega hasta la piel, casi dolorosa, al cerrar la puerta para volver al trabajo, o al colegio. Ni siquiera aquella blanca humedad. Pasamos unos junto a otros como vaporosos barcos humanos que se saludan con su aliento, en arterias náuticas que nos llevan y nos traen de ida y de vuelta por la ruta del día. Tomar un colectivo, marcar la tarjeta y saludar. Improvisar una clase por amor a la rutina y al trabajo. Olvidarse uno mismo, allá, al final de la humanidad que se desgarró en algún lugar del tiempo, en un punto que cuesta recordar porque se diluye en la distancia o porque no se deja fijar por la razón. Y mentir un poco, todos los días. Sobre todo en los inviernos de Vallenar, donde el corazón se enfría un poco en la espera de lo que quizá nunca pueda ser.
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Me dio por la poesía como a quien
le da por reventar bolsitas de aire
en los consultorios del aburrimiento,
esperando que llegue su turno
para la lobotomía inspiradora.
Pero aquí estoy girando en la misma
rueda, al mismo ritmo o peor,
casi en desbandada, sin poder detenerme
cuando llegan las palabras y empujan
a decir cosas en tono de intelectualoide
que desprecia lo que hace y siente.
Entonces hay que ponerlas en fila india
primero, luego en pilas de supermercado,
mover la ironía sobre ellas parafraseando
al ingenio y la ocurrencia o vomitando
las vísceras, aunque luego dé asco
de tanta sensibilería mal expresada
o apuntalada con metáforas y absurdas
regresiones a la adolescencia original.
Todo porque el corazón late a mil
cuando uno menos se lo espera
y descubre que los piojos existen
a pesar del shampoo y la costumbre
por la higiene y la asepsia de los días
y el asfalto, y los hospitales y los baños.
Luego, un día, te tambaleas herido
de una flecha infame que se hace carne
en unos ojos y una boca.
Buscas apoyo en algún lugar y la ves
ahí, tirada en medio de la calle,
como una mendiga que te ofrece
su bastón, o una puta
que se abre y te dice: “Entra y desahógate”.
La miras de reojo y te quedas sentado
en la orilla de la vereda pensando
en unicornios y olores de nostalgia
y delfines que surcan campos de flores
en el solsticio de una maldita primavera
con su alergia de colores malsanos.
Y al cuerno con la prosa.
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Sé que van de la mano por alguna
arteria de esta ciudad que amo.
Lo sé porque las mías palidecen
desde hace siglos por el frío
de la pena, la soledad, el olvido
y la huella del vacío que dejaron.
Lo sé porque escribo versos cursis
como este, cuando debería estar
haciendo el trabajo que nunca hago.
Que postergo en el dolor diminuto,
incrustado en la vena más recóndita,
imposible de alcanzar por más
que pasen los días o los años.
¿Qué harán mientras escribo estas palabras?
¿Adónde irán sus pensamientos
más felices, más llenos de recados?
Irán del uno al otro en la distancia,
a pesar del cielo o del infierno
que fueron dejando a su paso.
¿Qué les importará haber pisado
las flores, la hierba fresca,
el perdón una y otra vez otorgado,
cuando ahora sus dedos se enlazan
en un cielo que sólo en ellos
es un hermoso cielo estrellado?
¿Dirán el nombre de los muertos,
de los que languidecen, aún gimientes,
al exilio de sus manos?
¿Sabrán reconocer la huella,
la sangre con que al unirse
hicieron brotar y se salpicaron?
No ve la marca escarlata de la vergüenza
quien vive prendido de unos ojos,
de una pasión y de unas manos.
Por eso este dolor no quiere pasar
sin ser visto cuando una voz susurra:
“Iban uno al lado del otro por la Plaza,
en la noche, unidos, como quien
ignora a los que ha ignorado.”
No les importa quien los mire,
ni los cadáveres de aquellos
que más los quisieron y que ahora
pasan por su lado.
¿No temen a sus propias sombras?
¿No temen la sentencia que da la vida,
tarde o temprano?
En su paso, lento, seguro, unido,
se escucha el regio compás
del que nada teme, nada espera,
la confianza del tirano.
¡Ah, si la vida fuera, por lo menos,
una rosa, una piedra, una nube,
cualquier cosa, algo!
Y no esta letanía del cobarde
que la nombra para disculpar
los horrores que lo cercan,
los errores con que teje su disfraz
de bufón semihumano.
Entonces pediría retribución
para los que quedan, en la orilla, abandonados.
Estatuas de sal que no alcanzaron
a escapar del castigo infame
a la hora de la pregunta, de la duda,
del atónito volver sobre los pasos
cuando no se comprende porqué
el fuego arrasa a pesar
de la pasión de lo entregado.
Por alguna arteria de la vida,
unidos en la complicidad
de lo negado,
sé que van, cantando o riendo,
tomados de la mano.
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¿A alguien le importan los libros
cuando la tierra gime a punto de parir
engendros ciegos sin alma ni manos?
¿A quién le apaga el fuego de las espinas
la razón que nunca clavó sus rosas en el pecho
de los que sangran su memoria enajenados?
¿Qué le importan al ciego de dolor las hojas
que se pliegan con sus mil ojos hambrientos
de metafísica puesta tan a trasmano?
¿Dónde están las respuestas que busca la sangre
puesta como un grito en la celda del que muere
solo en la soledad del olvidado?
¿Quién responde? ¿Quién sabe?
¿Qué será del signo muerto
en la boca o en la hoja
sin un dónde sin un cuándo?
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No maldeciré tu nombre en vano
aunque me arrojes en la fosa
de los días y las horas que pasan
con la indeferencia castradora
de toda sonrisa y trato.
No maldeciré tu nombre en vano
aunque el exilio de tu cuerpo
sea devastador como un fuego
que no cesa de consumir el amor
de los que más me amaron.
No maldeciré tu nombre en vano
en este exilio moribundo del despreciado
por tu boca y por tus manos,
sumisas aves que se posaron
en un ayer no muy lejano.
Maldeciré mi tiempo.
Maldeciré mi cuerpo.
Mi desamor, mis manos.
Maldeciré mi boca.
No tu nombre. Nunca en vano.
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Me escriben y no respondo,
me comentan y no doy bola.
Hilvano pensamientos, escribo
algo así como versos
para la red sideral de los sin rostro,
de los sin amor propio, sin amigos
ni admiradores, ni perro que les ladre.
Hambrientos de atención y fama
vamos por los agujeros
de los pixeles haciendo y rehaciendo
y volviendo a rehacer;
una entrada lleva a la otra,
una palabra amable y un insulto
hacen subir el arco de las estadísticas
y de pronto somos felices un día,
una semana, un mes,
un breve año y podemos decir
que tuvimos cientos de visitas
y el contador colapsó por un momento
igual que nuestro ego,
en el rostro de nuestra soledad.
Recibo llamadas de atención
de los que siempre esperan atención
y un recado después de la señal.
Pero no pesco porque no me da la gana,
porque soy un miserable malagradecido
que sólo sabe escribir y escribir y escribir.
Porque me quedo esperando para recibir
y nunca dar porque es tan tedioso
decir mentiras, agradecer porque
la norma virtual lo estipula.
¿Y qué si sólo son sombras
que bailan detrás de unos Nicks
puestos sobre la hoja de un formulario,
inventos sonoros y poco creativos,
alternativas dadas por la página de turno?
¿Y qué si son una excusa más
para llenar esta nueva página,
escribir un par de líneas
y decir lo que hay que decir
de una vez por todas
aunque duela en el alma del monstruo
lascivo de la egomanía.com?
¿Y qué?
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La Muerte es una vieja raquítica
negra y afanosa que va por la tierra
y los campos blandiendo su guadaña
a diestra y siniestra, cortando y segando.
Siega ciega los tiempos de los mortales,
los días, las horas, los meses, los años,
uno por uno van cayendo bajo su ala
trágica los minutos como gavillas
que se pegan al melodrama de la vida,
sacudidas por el viento en vana
esperanza de inmortales sueños.
Pero la antigua voz del poeta
resuena sobre la rosa lozana
que se ufana en sus espinas:
Inmortalia ne speres, sentencia,
y la guadaña de la Muerte inicia
su siega ciega de cuanto florece,
sorda de cuanto tintinea y canta,
muda deja oír el susurro del filoso
metal rebanando certero, justo
y conciliador de todos los seres.
Un guadañazo murmura: Por ser hombre.
Otro jadea: Por ser mujer.
El tercero vibra rumoroso: Por ser niño.
Uno más sopla inmisericorde: Por ser.
¿Cómo huir de su arrebatado vuelo?
Inclinarse no basta, ni morder el polvo
para evitar el roce de su media luna afilada.
Ni el más rastrero de los mortales
alcanzaría a plegarse sobre la tierra
para no ser barrido de ella para siempre.
O para nunca.
Porque la Segadora viene y pasa, silbando
una canción de cuna para recordarnos
que nacemos carne de su guadaña.
¿Quién recoge los miembros repartidos sobre el campo?
¿Quién los guarda del penoso invierno de la Muerte?
Porque los vemos caer unos sobre otros y sabemos,
más allá de toda intuición, que quizás eso es todo,
lloramos la partida del que jamás parte,
del que se queda segado al comienzo,
en mitad o al final de la vida
o al principio de la Muerte.
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