En memoria de Gonzalo Rojas (1917-2011), unos de los últimos grandes poetas chilenos.

¿Qué amaste cuando amaste, poeta,
en la breve espesura del tiempo
abierto sobre la palabra y el cuerpo?
¿Qué tersuras, qué voluptuosos
racimos de antiguos huertos
escanciados en inmortales mieles y vinos?
¿Qué amó tu boca sobre la rugosa
piel del mundo?

¿Acaso la salobre roca del abrasador desierto?
¿Acaso el portentoso rugir del mar en los puertos?
¿Acaso la vida entregada en grupas olorosas?
¿Acaso la muerte delirante del amor que se goza?

¿Qué amaste cuando amaste, poeta,
en la brecha puesta entre la luz y la sombra?
¿Dónde bebiste la preciada ambrosía
de los altivos dioses de la muerte y la vida?
¿Quién te cedió la palabra, cual tea
que arrasa como furiosa Gorgona
los dinteles de mi alma,
los pilares de mi casa?

¿Acaso en la fragua en que el travieso niño
blandió sus terribles flechas contra
la estremecida voz de Ovidio?
¿Acaso en el canto de Horacio
vencedor de la postrera ilusión
de la fugacidad y el olvido?

¿Qué amaste cuando amaste, poeta,
en el placer de las horas,
en el dolor de tu pueblo?
¿Qué cantaste, en el segundo
en que fuiste finito y eterno?

BOLETÍN DE ÚLTIMO MINUTO

Posted: marzo 14, 2011 in Presentación
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He perdido la capacidad de escribir. Esto que hago es un ejercicio mecánico, un traspasar ideas de mi mente hacia mis dedos, que se mueven componiendo figuras tipográficas, con la esperanza de abrir la bruma de la realidad y sus profundos vericuetos sobre una hoja de papel. Lo que realmente hago, en cambio, es repetir clichés sin remedio, como “la bruma de la realidad”, “profundos vericuetos”, y hablar de hojas de papel cuando en realidad ya ni siquiera las uso para escribir. Más bien para imprimir, y eso. Luego viene toda esta intemperie a la que expone el repetirse sin remedio hasta la nausea. “Hasta la nausea”, otro cliché literario. Y el cliché del cliché, claro está. Entonces lo único que queda es hablar de uno mismo, y de eso mismo que es uno queriendo ser lo que no es. No. No era así. Pero la idea es esa, como decía El Chapulín. La repetición. El repertorio deteriorado de la lengua, de sus insoportables lugares comunes.
Pero eso es una excusa, en realidad. Es la excusa del que ha perdido la capacidad de escribir. Y hay que ser categórico y honesto, puestos a ello. “Puestos a ello”, muy castizo y lingüísticamente correcto, volúmenes enteros de puestos a ello. Ahora los uso más, los casticismos (aunque no estoy ni siquiera seguro de si ese es el término en este caso), y redacto mejor que años atrás, aunque antes escribía mejor que ahora. Antes “la bruma de la realidad” se abría, a pesar de la gramática imperfecta. Quizás, incluso, gracias a ella, precisamente. No ponía tantas comas, por ejemplo. En cambio, ahora, coma esto, coma lo otro. Un relojito de corrección. Y sin embargo, de escribir, así como quién dice escribir, nada.
Ni siquiera son los lugares comunes, la verdad sea dicha (“sea dicha la verdad”, otra opción, o “en verdad, en verdad os digo”, si no sonara tan fósil), sino la incapacidad de rescribirlos. Toda lengua no tiene más que un número limitado de vocablos y posibilidades de combinación, y si a eso sumamos el estrecho horizonte cultural que nos toca a cada cual, habría que ser más que un Mandrake el Mago para sacar del sombrero otra criatura que no fuera un conejo, o algo que, al menos, se le pareciera. Sacar otra cosa, un pene, por ejemplo, sería extraño, aunque causaría el efecto deseado, un impactante sentimiento de “novedad”, que finalmente vendría a ser el pariente pobre, pobrísimo, por prostituido, de la creatividad, que es donde radica toda creación, y también el escribir. Y, (coma) por supuesto (coma), el pene viene a ser la figura puesta a pedir de boca (olé), porque representaría el recurso desesperado (cambiar un conejo, lugar común, por un pene, lugar supuestamente “novedoso”, en contexto) de quien ha reconocido su fracaso creativo. Luego vienen las vaginas, y ahí está “Monólogos de la vagina” para muestra. Mientras más vaginas y penes, mejor, y que siga la función. Hay que llenar el vacío. Por eso la pornografía ha florecido en circunstancias como esta en nuestra cultura. Ni siquiera la pornografía, lugar común precioso del arte, cuando el arte la rescribe, sino la pornografía de la pornografía misma.
Por eso, no les digo adiós, amigos. Les digo chuto. Y que la indecencia les valga.

ALMAN

Posted: diciembre 23, 2010 in Cuentos, Literatura
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¡Zuuummmm!, la gran cadena de titanio cuarteó el espacio a una velocidad sónica y, antes de que se pudiera dar cuenta ya estaba sobre él. Su agilidad felina le permitió esquivar el golpe justo en el último nanosegundo y ¡sssslammmm!, tronó el azote sobre la pared del rascacielo, desastillándolo estruendosamente. Los trozos reventaron, disparándose a cientos de metros a la redonda en una gigantesca explosión de polvo. El engendro rugió, lleno de furiosa frustración. Entonces tuvo el tiempo suficiente para girar sobre sí e impulsarse a través del aire: si retrocedía bastante podría catapultarse y girar alrededor vertiginosamente, generando un campo gravitacional que lo paralizaría para que los cazas actuaran. Sólo necesitaba… Pero la monstruosa máquina fue más rápida. El golpe vino de abajo, desde otro de sus tentáculos de titanio, y ¡pow!, le abrió la sien, arrojándolo en picada hacia la tierra a través de ciento cincuenta pisos en sólo tres segundos. Su cuerpo se incrustó contra el asfalto de la avenida ya desierta, rajándola de orilla a orilla y haciendo saltar los automóviles y los postes de luz que se sacudieron, chisporroteantes, antes de derrumbarse para siempre.
El dolor era insoportable. Podía sentir su rostro ensangrentado pegado contra la tierra y sus articulaciones negándose a responder, mientras oía el ensordecedor temblor subterráneo de los descomunales pasos metálicos acercándose. ¿Sería el fin? En un desesperado esfuerzo se puso de pie, tambaleante, listo para enfrentar por última vez a su enemigo más terrible. Se irguió, aún poderoso, dispuesto para el combate, la mirada puesta sobre la mole de hierro que se detuvo frente a él. ¿Tendría suficiente energía para un recurso final? Concentró todo su poder en las manos, a medida que las extendía, como queriendo detener la avalancha salvaje que empezaba a caer sobre él justo ahora. Miles de zarpas metálicas girando a revoluciones luz, separando tierra, hierro y vidrio para llegar hasta él, que se mantuvo perfecto, digno, mientras el voraz viento abrazador de las aspas se recrudecía, haciendo flamear su capa contra la luz del atardecer al final de la avenida, más allá de su figura. La bola de energía crecía, desmesurada, sobre sus palmas, repeliendo la aterradora energía destructiva del despiadado guerrero de metal. Sólo un poco más. Acércate un poco más, maldito. A medida que la bola de luz se abría, cegadora, iluminando, desde la lejanía, toda la ciudad, su cuerpo se iba derrumbando. Primero una rodilla, luego la otra. Y sobre él, la endemoniada máquina sin corazón, inclinándose, intentando atravesar el campo de luz. Ese sería su legado. Su último legado a la humanidad. Para eso había nacido, para dar la vida por otros.
En la agonía más profunda, tuvo la suficiente fuerza para abrir una brecha por la que pasó un aspa de metal giratoria y ¡rrrriiiiippp!, su cráneo se abrió en dos, devastado por el golpe mortal. Entonces tuvo su oportunidad: abrió la boca y gritó, haciendo salir toda la energía acumulada en su poderoso cuerpo. Sonrió, feliz, antes de que la explosión lo desintegrara por completo, junto a su despiadado verdugo.
Lo encontraron unas horas después. Un pequeño bulto roto bajo la sombra de la mole que era su padre, inclinado sobre él, observándolo con una mirada aturdida, con el cuchillo ensangrentado aún caliente en una de sus manos. Lo movieron despacio, le limpiaron la sangre del rostro y le acomodaron la capa roja que caía a sus espaldas, demasiado grande para sus nueve años. En el centro del pecho llevaba dibujado un símbolo de superhéroe, y en las manos aferraba un cuaderno titulado: “Las aventuras de Alman”, y en su rostro una misteriosa sonrisa.

POR AQUÍ PASÓ

Posted: diciembre 14, 2010 in Cuentos, Literatura
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Del meridiano hacia abajo era asarse como pollo embutido en una olla a presión, a mil grados celcios. O esa era la sensación térmica, al menos. Le empezaba a picar todo, especialmente los rincones más oscuros del cuerpo. El traje se estrechaba más en cada parada, y su panza se inflaba monstruosamente. Y no es que no estuviera bastante inflada desde siempre, pero con el calor empeoraba la hinchazón. Además, ni siquiera había chimeneas por las que bajar. Eso no facilitaba el trabajo para nada. Las casas eran pequeñas, estrechas, algunas casi se caían a pedazos y muchos de los techos estaban llenos de baches y cuarteaduras. El más leve toque del trineo las haría derrumbarse y jojojo, feliz y última navidad.
Ni hablar de los polvos mágicos; siempre funcionaban mejor en un ambiente adecuado, o sea frío, nevado y blanco. Pero en esos parajes no había una pluma de nieve o brisa fresca, no a esa altura del año, y los polvos solían humedecerse hasta el punto que tendían a fallar en los momentos más inadecuados. Ni siquiera en las grandes casonas con chimeneas perfectas y aireadas estaba seguro en esas latitudes: una noche se había quedado atascado en una por casi dos horas. No sabía en qué momento se le había ocurrido extender su perímetro al resto del globo ni ese ritual de entrar por el techo y las chimeneas. Tenía que haber estado o muy entusiasmado o muy aburrido.
Por eso evitaba quedarse mucho tiempo en lugares como esos. Estacionaba el trineo en una ladera o una loma cercana y bajaba hasta las casas más aceptables para su peso y anchura, dejaba uno o dos regalos y partía un poco más abajo, muy rápido, más rápido cada vez a medida que el calor se hacía insoportable dentro del traje. Antes de que terminara la noche apuraba el paso para volver al norte y refrescarse con una buena bocanada de aire frío y una bebida en las rocas. Ah. Mejor. Y se dormía, agradecido de las grandes tiendas, el afán de consumo y la falta de fe, que harían menos notoria su discriminatoria negligencia.

RAPIT HORA

Posted: junio 21, 2010 in Literatura, Poesía
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Me siento aquí y el tiempo es el buitre
que cierra sus círculos sobre mis pensamientos,
erráticos, insípidos, inodoros, descascarándose
como un muro expuesto a la humedad y la desidia.
Ahora es cuando, entonces llega, luego se desvanece,
pronto es demasiado tarde, como dice el clisé,
así se va rodando en el abismo de la niebla
de lo nunca hecho, de lo siempre listo,
a punto de empezar cuando justo termina
y nada se hace algo que siempre es lo mismo
donde todo empezó, en el punto muerto
de la eternidad: sin principio, sin fin, sin objeto,
sin palabras, sin un sin para decir
lo que jamás cobra cuerpo porque se escurre
antes de ser lo que pudo cuando era una cierta
posibilidad puesta en el horizonte, ante la voluntad
que grita lista para iniciar en el segundo
exacto en que la mosca entra volando,
se para sobre el mueble, gira en el aire,
se posa una y otra vez, y detiene
la danza del pensamiento que aletea
mosca suelta, maldita, cosita asquerosa
te voy a pillar, allí, una, dos, ahora sí,
y entonces el instante, la fuga, ya pasado
como las ganas y la voluntad abatida
sobre sí misma, sin recuerdo del grito
que ya es fenecido e inmóvil en piedra,
fósil del momento que no es más
en el principio de la nada del tiempo que ha huido
para siempre.

CATACLISMOS

Posted: marzo 20, 2010 in Literatura, Poesía
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Ruego por los que cayeron y rodaron,
por los que se hundieron, por los salvados,
por los que lloraron con lágrimas de barro
la ausencia de los que duermen para siempre,
por los que buscan en los escombros
la vida arrebatada bajo el dulce seno
de la Antigua Madre que arrulla compasiva,
hastiada y abatida de su propio arrebato,
en el minuto insomne de siglos y siglos
de tanto gemir bajo autos,
autopistas y desfiles de última moda,
por los que abrieron sus fauces
como leones liberados después del juicio
y recorrieron las calles dando el golpe
de gracia a la humanidad y las buenas costumbres,
por los que, ciegos en su confianza ciega,
hicieron de pitonisos de tres al cuarto
y segaron las flores de las orillas oceánicas,
mecidas por el ulular de las aguas
que volvieron, pródigas, a saludar
a sus hijos ya sin memoria de sí mismos,
por los que hablan, por los que callan,
por los que exprimen el jugo de la desgracia
minuto a minuto y hora tras hora
en grandes titulares color sangre,
sangre de los destrozados,
de los que lloran sin consuelo para la cámara,
para los ojos del mundo,
ávidos de las emociones que la cuota
de realitys del día no les alcanza a cubrir.
En fin, por los que escriben versos
a costa de la vida y la muerte de tantos
y tantos que jamás los leerán.

OLVIDO

Posted: enero 29, 2010 in Literatura, Poesía
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He olvidado dar las gracias
en el torrente de los días
que pasan sin mi permiso,
cuando una voz responde
a mis preguntas hechas de jirones de rutina:
¿dónde está esta calle?, ¿conoce a esta persona?,
¿podría darme un jugo?
¿qué hora es?, ¿me da un lado?
He olvidado dar las gracias
cuando de mi boca salían todas ellas,
bellas, tersas, hermanas amantes
de sí mismas, pudorosas
y ardientes en su entrega
expectante de vidas y donación voluptuosas,
de amor, de sonrisas,
de intensos placeres de otros,
entonces,
cuando el tiempo y las lecciones
dictadas día a día, año a año,
generación tras generación,
no habían embotado la miel
que escurrían mis labios
al primer requerimiento:
una mano, unos ojos, un dolor
alojado en el centro de una vida
ajena a la mía.
He olvidado dar las gracias
en la solitaria tarea de cuidar
este faro en vigilia
de las señales que nadie ve,
que todos ignoran, que urden
la trama elemental del universo
diario, insignificante
de tantas gracias
que se pierden
en la niebla de la vida.

INVICTUS

Posted: enero 16, 2010 in Cuentos, Literatura
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Lo bueno de levantarse temprano es que se trata de algo que él jamás podría hacer, por más que se esforzara. Y lo ha intentado. Miles de veces, a lo largo de toda su vida desde que la memoria ha puesto a su alcance su propia historia. Un esfuerzo tan inútil como tratar de llegar a tiempo, cumplir con los horarios o con el trabajo.

Si alguna vez sucedió algo así, no pasó de ser sólo eso: un suceso. Algo que le ocurre a uno a pesar de uno mismo, acorralado por las circunstancias. Sería falto de toda honestidad decir que “lo hizo”, porque le faltaría esa parte de voluntad que convierte a todo hacer, a todo acto, en un hacer verdadero, realizado en su totalidad. Como la diferencia que marca el actuar de una simple actuación: el primero requiere una voluntad de realización, la segunda una de imitación, de remedo, una seudovoluntad, válida solamente en la transparencia del engaño que, entonces, en su pura transparencia y aceptación de mutuo propio, se convierte en juego y diversión, haciéndose sentir, sólo así, como verdadera voluntad de imitar.

En cambio él, si logró levantarse temprano alguna vez y llenar las exigencias sociales, fue porque le faltó voluntad, precisamente, para negarse a ello. Ni siquiera la imitación, que exige un querer firme de representar un papel o figura, podría definir esa forma coercitiva de actuación seudovoluntaria que lo hizo, en algunos momentos, cumplir con los tiempos y el trabajo.

Tampoco se esforzó demasiado, en realidad. Se trató siempre más bien de un seudoesfuerzo, una mala imitación, una representación de esfuerzo impuesta por la norma, que lo empujaba a creer en la realidad del esfuerzo mismo, de la voluntad puesta a prueba para superar los obstáculos de la dejación. Pero su realidad siempre fue la dejación. Su voluntad siempre fue, si pudiera decirse, una completa falta de ella, un dejar de esforzarse y ganarle a las ganas de cumplir.

Lo bueno de levantarse temprano, en su caso, lo da precisamente la imposibilidad de su cumplimiento y ser “como un dios que alargara la siesta”, como dice la canción. Esa falta de capacidad permanente, sólo cuarteada por unas pocas excepciones en el fluir de los compromisos cotidianos, donde la mentira de la seudovoluntad se cuela, es lo que mantiene a salvo su realidad radical, que siempre triunfa y ante la que claudica finalmente a pesar de todo: nunca levantarse temprano, jamás llegar a la hora, cumplir siempre a medias o no cumplir.

Sin saberlo, reivindicándose a cada instante de la mentira del seudodesdoblamiento en su apuro y el ultraje social al que lo expone su constante irresponsabilidad, camina por la calle mirando el reloj, acelerando el paso, pensando en lo que no ha hecho, lo que le queda por hacer, lo que ya no terminó, y apenas percibe pasar a esos otros que, como él, van tarde a algún lugar, dejando para mañana algo más, enteros en su decisión de no derrumbarse ante la tiranía del tiempo y los plazos.

UBI SUNT

Posted: diciembre 27, 2009 in Literatura, Poesía
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En la hora más oscura vuelvo la mirada
hacia los que me precedieron
y grito en la caverna de la vida:

“¿Dónde están compañeros?”

Nadie responde en este negro recodo
del camino en que me estremezco.
Había algo de luz entonces, aún lo recuerdo,
más atrás, cuando emprendía el ascenso.

Ahora sólo la oscuridad se abanica
sobre el abismo que me circunda
en este tiempo devastado por la desidia.

“¿Dónde están compañeros?”

Silencio. Es todo lo que tengo.
Silencio y ciertas verdades, ciertos jirones
que no se parecen ya a los jirones de mi cuerpo.

Vendí mi voluntad a los cuatro vientos,
corrí desbocado en busca de una luz
que no era, de un espejismo torcido
del que esperó ser amado.

¿Amado? ¿Para qué? ¿Con qué licencia?
Olvidé las lecciones más imperiosas
del amor que se desgarra a cada paso.

“No busques las rosas del amor, amigo,
busca las espinas y llévalas en tu mano.”

Aún oigo sus voces ululando en ecos
moribundos, lejanos, en algún lugar
de esta honda oscuridad en la que ando.

“¿Dónde están compañeros?”

¿Podré volver algún día al punto
donde dejé a los que me precedieron?
¿Podré beber de la justicia sangrante
que cada espina dejaba en su mano?

No. La vida aulla, se precipita.
Debo continuar, sin temor abrir mi canto.
Y seguir la senda oscura hasta las voces
que me buscan en lo humano.

CAMANCHACA

Posted: octubre 23, 2009 in Cuentos, Literatura
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¿Les hablé de los inviernos de Vallenar? Son fríos y de una sequedad que atraviesa la piel, y a veces también un poco el alma. Pero llega la camanchaca entumeciendo la vista por las mañanas o las noches y el mundo se transforma en una vaporosa humedad, transgresora de todas las reglas geográficas. Sigilosa, se arrastra como un dragón blanco por la grieta del valle, desde la costa hasta el interior. Mírenla. Tan blanca como esta página.

En esas noches dostoievskianas miro por la ventana las luces de las calles hacia abajo: esponjosos globos amarillos amenazados por la extinción definitiva de su luz. Y siento. Una deliciosa nostalgia que huele a agua y tierra mojada, a infancia y canales, a ríos y puentes. A eucaliptos y álamos alargándose hacia el cielo, a pimientos y sauces inclinados sobre la corriente luminosa de una tarde. Y pienso en lo que nunca ha sido justo allí, en el último minuto antes del resto de la vida que habrá de llegar. Sin preguntas. Sin respuestas.

He olvidado cómo cuestionar a la vida. La vida. Ese ridículo abstracto construido para salvaguardar la propia de la desidia y el error. Lo único que queda entonces es ocuparse de la rutina nocturna y luego arroparse lo mejor posible, intentando un sueño tranquilo y sin interrupciones, para salir por la mañana y adentrarse en el mismo manto blanco insistente e inamovible, como condensado por la vigilia de toda una noche. Igual que el frío.

Nada disminuye esa incisiva sensación térmica que atraviesa la ropa y llega hasta la piel, casi dolorosa, al cerrar la puerta para volver al trabajo, o al colegio. Ni siquiera aquella blanca humedad. Pasamos unos junto a otros como vaporosos barcos humanos que se saludan con su aliento, en arterias náuticas que nos llevan y nos traen de ida y de vuelta por la ruta del día. Tomar un colectivo, marcar la tarjeta y saludar. Improvisar una clase por amor a la rutina y al trabajo. Olvidarse uno mismo, allá, al final de la humanidad que se desgarró en algún lugar del tiempo, en un punto que cuesta recordar porque se diluye en la distancia o porque no se deja fijar por la razón. Y mentir un poco, todos los días. Sobre todo en los inviernos de Vallenar, donde el corazón se enfría un poco en la espera de lo que quizá nunca pueda ser.