ACERCAMIENTO

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Frida Kahlo. “Las dos Fridas”

Las gigantescas naves se hunden en el vacío sideral, llenándolo, engulléndolo bajo la vastedad reticular de sus espines metálicos. Sus fuegos queman las partículas de espacio-tiempo girando en el negro y silencioso vientre del universo, mientras se estiran para alcanzar el punto exacto de un cumplimiento o una promesa.
Ocho ciclos para entrar en contacto y contando, recitan al unísono las llamadas de alerta, dispuestas a atravesar la miríada de galaxias y sistemas que las separan, dilatándose entre la densa materia cósmica, entre las junturas de multiversos e imperecederos eones, como ansiosas amantes ciegas anticipando la calidez de la primera piel.
Las fibras de la distancia se deshilachan, se marchitan, encogiendo la compacta trama del tejido gravitacional. Cinco ciclos… Cicatrices de luz agrietan el velo alquitranado de la eternidad, como ondas en un mar inconmensurable, meciendo solitarios navíos separados por la ignota oscuridad de los siglos, enviando mudas señales a través del piélago de su torrente. Tres ciclos… Botones de energía se abren ante la inminente cercanía para recibir y entregar las primeras señales que ya ondean como distantes vestigios luminosos sobre un camino de estrellas y soles nunca antes alcanzados. Un ciclo…
De pronto, notas cósmicas se acoplan en una simbiosis universal, entrelazándose bajo el estallido de estelas ígneas y energía. Urden una sinfonía infinitesimal delirante de revoluciones cuánticas, en perfecta sincronía astral. Dos cuerpos, dos melodías celestes ascendiendo, vibrando, armonizando al borde del primer abrazo sonoro. Dos voces fundiéndose en una sola advertencia: Contacto alcanza…
El súbito chasquido del vacío cercena los últimos ecos de la alerta y… Nada. El frío del espacio invade cada molécula en un estremecedor y brutal zarpazo. En cada rincón de cada navío de cada universo resuena un silencio más portentoso que todas las galaxias y las edades idas y por venir. En cada pecho tiembla una flor mutilada en la flor de su florescencia. Ahí persiste su inefable aroma, su ignoto lenguaje, su impalpable figura diluidos en el umbral del encuentro. Ahí. Dos caras de la misma moneda, girando sobre el mismo-otro espacio condenadas a no tocarse.
Y en la soledad de aquel repentino vacío, hundidas en la muda espera dilatándose más allá del tiempo, las mismas-otras almas enjugan sus húmedas esperanzas y renuevan los fuegos de su promesa.